jueves, 30 de julio de 2026

A la vuelta...


El mundo avanza cada vez más rápido, a un ritmo que poco tiene que ver con el paso pausado de la naturaleza que lo sostiene. En esa carrera, los lugares vírgenes, aquellos donde el tiempo parece haberse detenido, son cada día más escasos. Los pocos que quedan en el Pacífico Sur ya cargan con la marca del turismo, y el viajero se esfuerza por encontrar lo inexplorado, o al menos por no ser el último en pisarlo.

 

Y, sin embargo, ese lugar existe. Un paraíso que, como escribiría aquel célebre autor latinoamericano, aguarda a la vuelta de la esquina. Está en un continente que en algunas partes ya recibe yates, pero que por caprichos del azar quedó al margen, casi olvidado. Es un paraíso para quien busca algo distinto, y también para quien solo quiere rendirse a la fuerza de los azules y los verdes, a las arenas de una blancura serena, a los arrecifes y a la sencillez de una gente que sabe llevar el mar directo a la mesa. Ese lugar es Los Roques, otro paraíso a la vuelta de nuestra esquina.

 

Tuve el privilegio de navegarlo: ciento treinta y cinco millas náuticas en tres días, entre islas, cayos, islotes, manglares y bajos. Entrar al mar donde nadie más entra, nadar, bucear, caminar por sus playas sin un alma alrededor, como en la mañana misma de la creación. Sentir el viento en el rostro y el salpicar de la sal al navegar, con el asombro de saber que algo así todavía existe. Lo viví junto a Alejandro, a quien hoy tengo el gusto de llamar amigo, y que con pasión y conocimiento me mostró lo que ese lugar guarda: un destino extraordinario para superyates, capaz de ofrecer los más altos estándares sin traicionar la esencia natural que lo hace único. Volver por tres días a El Gran Roque, de calles de arena, sin carros, con posadas de gente amable y atardeceres que se derraman sobre el agua, bien merece un buen ron en la mano, o simplemente los ojos abiertos de par en par.

 

Llevo más de cuarenta años viviendo en Galápagos, y a mis clientes les transmito lo que mis islas tienen de irrepetible: su flora intensa, su fauna prodigiosa, su manera propia de dejarse visitar. Ambos archipiélagos están hechos de la misma materia esencial: mar, arena y vida en estado puro. Y fue haciendo snorkel sobre una barrera de corales grandes y diversos, que respiraban al ritmo de las corrientes en ese filo donde las aguas verdes se rinden al azul profundo, al hundirme para mirar de cerca esa vida palpitante, cuando sentí una fuerza que venía de muy adentro y comprendí que había que unirlos. Esos azules merecen un rumbo cuidado y un solo propósito: un Corredor Azul que podamos ofrecer al mundo, pero solo a los pocos que entiendan que a estos lugares no se llega por casualidad, sino buscando algo más que lo ordinario.

 

Desde Galápagos y desde Los Roques, el paraíso está al alcance de los pocos de este mundo que no deja de correr; de esas personas especiales, en yates igualmente especiales, capaces de alcanzarlo sabiendo cómo buscarlo y ajustarse a lo que estos lugares exigen.

 

Ricardo Arenas
Galápagos, 29 de julio de 2026

jueves, 21 de mayo de 2026

Galapagos, el timón sin rumbo

Galápagos: el timón sin rumbo…


 

Mi postura de vida en estas islas es clara: Galápagos es de todos, pero no todos los que estamos aquí debemos estar. La prioridad absoluta es la naturaleza conservada, aunque hay aspectos que afectan la calidad de vida y que no puedo callar.

 

Ver a personas detenidas con iguanas marinas en sus maletas produce indignación legítima. Pero lo que sigue es predecible: carta bien elaborada del aeropuerto local exaltando sus sistemas de control, declaraciones enérgicas de la ministra de Ambiente, promesas de acciones drásticas. El problema es que esas iguanas salieron por el aeropuerto, ante empleados y funcionarios. No entraron solas a las maletas. La indignación institucional después del hecho no reemplaza la prevención que debió existir antes.

 

Somos demasiados en las islas, y seguimos creciendo. El sistema eléctrico está colapsando sin señales serias de cambio. Las torres eólicas de Baltra llevan años sin funcionar, sepultadas en un enredo burocrático que nadie termina de resolver. El abastecimiento marítimo no garantiza suministro regular, alimentando un nivel de precios que hace de Galápagos uno de los lugares más caros del país. En ese mismo sistema de control que se proclama riguroso, ingresan sistemáticamente perros de razas de todo tipo, como si las islas fueran un barrio continental. El turismo sostiene la economía, pero su modelo ha ido desplazando al Estado: el centro de decisiones se ha volcado hacia quienes manejan las operaciones turísticas, un espacio cedido que forma parte del desequilibrio actual.

 

Si preguntamos a cada institución responsable, Ministerio del Ambiente, Energía, Subsecretaría de Transporte Marítimo, Parque Nacional, Consejo de Gobierno, Agencia de Bioseguridad, todas tendrán argumentos, explicaciones y bases legales. Y todas publicarán fotos de reuniones describiendo lo mucho que hacen. El problema no es la ausencia de actividad. Es la ausencia de resultados y de un rumbo único, marcado con firmeza por quien tiene la responsabilidad de marcarlo.

 

Galápagos se nos ha ido de las manos. No es responsabilidad de un solo gobierno ni de una administración. Es un problema estructural y acumulado que trasciende gestiones y partidos. El archipiélago tiene “cartas de navegación”, leyes, planes, instituciones, pero ha faltado la voluntad política para cambiar la forma en que se gobierna. Cambiar funcionarios no resuelve nada si el marco sigue siendo el mismo.

 

Lo que necesita Galápagos es diferente. La Ley debe cambiar. El Consejo de Gobierno debe reformarse para que el conocimiento científico, económico y la evidencia técnica marquen las decisiones por encima de los ciclos políticos. El Estado debe fijar límites reales sobre cuántas personas pueden vivir en las islas, revisar los subsidios que incentivan el crecimiento sin control, y poner a los mejores académicos y expertos en manejo ambiental al frente de la región.

 

Si Galápagos no recibe la atención y la intervención que su valor ante el mundo requiere, seguiremos sin rumbo, y podríamos naufragar antes de lo que la propia naturaleza tiene previsto.

No es un llamado al pesimismo. Es un llamado a la urgencia. A este ritmo, en cinco años podríamos perder la batalla más importante: evitar que las especies endémicas cedan terreno de forma irreversible frente a las especies introducidas y la presión humana.

 

Esa batalla, si se pierde, no tiene revancha.

 

Ricardo Arenas

Santa Cruz, 21 de mayo 2026

 

 

lunes, 9 de febrero de 2026

Hoy la música!

 Soy de otra generación y, la verdad, este tipo de música no es la que suelo escuchar, salvo algunas canciones que mis hijos me comparten de vez en cuando. No me importa si el show fue el más visto del Super Bowl, ni si la dicción de Bad Bunny es perfecta o es un ruido, ni que algunas letras del pasado, a mi juicio, puedan resultar desagradables, ni cuántos premios ha ganado. Simplemente, es un estilo que no me llega.

Pero eso no me da derecho a insultar ni a pensar que mi gusto es mejor. No tengo la verdad absoluta, y mirar con desprecio lo que otros disfrutan me parece ignorancia. El siglo XXI no espera a quienes siguen pensando como en el siglo XX. Es un error tratar de entender el presente con ideas del pasado, como bien dice A. Espinosa; algo muy distinto a mantener nuestros principios.

Y aun así, sin entender buena parte de lo que se cantó, sentí la energía, los códigos, la identidad con lo latino. Ver a artistas apoyarse mutuamente y mostrar de dónde venimos, especialmente en el contexto político actual de los EE. UU., me movió; o como dicen ahora: “¡la rompió!”.


No voy a cambiar mi playlist ni empezar a seguir la música de Bad Bunny ni la que está de moda. Me quedo con la que me gusta, que no es mejor ni peor: pero es la mía. Pero tampoco voy a olvidar que un cantante al que casi no conocía consiguió que escribiera estas líneas.

Al final, eso es el arte: o te hace sentir o no. Y si a ti no te mueve, no hay ninguna necesidad de pararte por encima de los demás para decirlo.

Ricardo Arenas 

9 febrero 2026