Y, sin embargo, ese lugar existe. Un paraíso que, como escribiría aquel célebre autor latinoamericano, aguarda a la vuelta de la esquina. Está en un continente que en algunas partes ya recibe yates, pero que por caprichos del azar quedó al margen, casi olvidado. Es un paraíso para quien busca algo distinto, y también para quien solo quiere rendirse a la fuerza de los azules y los verdes, a las arenas de una blancura serena, a los arrecifes y a la sencillez de una gente que sabe llevar el mar directo a la mesa. Ese lugar es Los Roques, otro paraíso a la vuelta de nuestra esquina.
Tuve el privilegio de navegarlo: ciento treinta y cinco millas náuticas en tres días, entre islas, cayos, islotes, manglares y bajos. Entrar al mar donde nadie más entra, nadar, bucear, caminar por sus playas sin un alma alrededor, como en la mañana misma de la creación. Sentir el viento en el rostro y el salpicar de la sal al navegar, con el asombro de saber que algo así todavía existe. Lo viví junto a Alejandro, a quien hoy tengo el gusto de llamar amigo, y que con pasión y conocimiento me mostró lo que ese lugar guarda: un destino extraordinario para superyates, capaz de ofrecer los más altos estándares sin traicionar la esencia natural que lo hace único. Volver por tres días a El Gran Roque, de calles de arena, sin carros, con posadas de gente amable y atardeceres que se derraman sobre el agua, bien merece un buen ron en la mano, o simplemente los ojos abiertos de par en par.
Llevo más de cuarenta años viviendo en Galápagos, y a mis clientes les transmito lo que mis islas tienen de irrepetible: su flora intensa, su fauna prodigiosa, su manera propia de dejarse visitar. Ambos archipiélagos están hechos de la misma materia esencial: mar, arena y vida en estado puro. Y fue haciendo snorkel sobre una barrera de corales grandes y diversos, que respiraban al ritmo de las corrientes en ese filo donde las aguas verdes se rinden al azul profundo, al hundirme para mirar de cerca esa vida palpitante, cuando sentí una fuerza que venía de muy adentro y comprendí que había que unirlos. Esos azules merecen un rumbo cuidado y un solo propósito: un Corredor Azul que podamos ofrecer al mundo, pero solo a los pocos que entiendan que a estos lugares no se llega por casualidad, sino buscando algo más que lo ordinario.
Desde Galápagos y desde Los Roques, el paraíso está al alcance de los pocos de este mundo que no deja de correr; de esas personas especiales, en yates igualmente especiales, capaces de alcanzarlo sabiendo cómo buscarlo y ajustarse a lo que estos lugares exigen.
Ricardo Arenas
Galápagos, 29 de julio de 2026